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lunes, 21 de abril de 2014

Necesidad y Subjetividad

La actualidad de David Hume puede ser ilustrada con el artículo de divulgación científica publicado en Aeon Magazine por Tim Maudlin bajo el título The Calibrated Cosmos. En el mismo, Maudlin efectúa una ágil relación de las principales teorías sobre la formación del universo, destacando que todas ellas coinciden en consignar que, para que se dé el orden en lugar del caos, se tienen que conjugar un número asombrosamente excepcional de condiciones. En pocas palabras, resulta altamente improbable que se haya podido dar el universo tal como lo conocemos. El enigma que plantea el autor versa sobre cómo es entonces que el universo -en otras palabras, la realidad- aparace ante nosotros como un orden finamente ajustado.

La explicación que arriesga Maudlin se encuentra en la línea del empirismo humeano: si bien el orden emergente es contingente, el sujeto que lo estudia también es un emergente de las condiciones que determinaron tal orden y, por consiguiente, las características de dicho orden le aparecerán a dicho sujeto como necesarias. Si cambiaran las condiciones que permiten que el universo se encuentre ordenado como lo vemos, también cambiaría el sujeto que lo contempla y a él esta nueva realidad le aparecería ordenada de un modo tal que le resultaría necesariamente armonioso, en tanto que nosotros la juzgaríamos caótica (o más aún, no podríamos siquiera conocerla.)

En el terreno de las ciencias sociales podemos encontrar planteos similares. Es bien conocida la distinción entre lengua y habla de la lingüística y todas sus derivaciones en torno al concepto de estructura para el resto de las disciplinas. En el campo de la economía política, encontramos un breve pero lúcido ensayo de James M. Buchanan titulado "Los absolutos relativamente absolutos". En el mismo terreno, tal vez el que con más compromiso haya encarado la cuestión haya sido Friedrich A. Hayek, que buscó revalidar la noción empirista de sujetividad, rechazando el dualismo cartesiano y afirmando en su lugar que tanto la realidad cultural que circunda al sujeto como la razón que le permite estudiar aquélla son ambas frutos de la evolución y, por consiguiente, no pueden resultar una reducible a la otra (significando esto no sólo una conclusión filosófica, si no también una posición política.) Hayek reconoce expresamente la influencia de David Hume en estas ideas y también de una de las más destacadas obras del empirismo del pasado siglo: el Tractatus de Ludwig Wittgenstein.

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