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martes, 29 de abril de 2014

Instituciones e incentivos

Un grupo de amigos de la Fundación nos venimos reuniendo en forma mensual en torno a un libro a primera vista bastante claro y directo: The Rational Optimist, de Matt Ridley. Es un libro de divulgación científica que toma partido por el valor positivo del progreso de la ciencia y de las instituciones contemporáneas que hacen a las ventajas mutuas del intercambio, a contrapelo de las visiones pesimistas y críticas que prevalecen en buena parte del ambiente universitario desde hace varios años a esta parte. Uno de los más interesantes desafíos que Ridley le plantea al lector es hacerlo ponerse en el lugar de un hombre que nació y se desarrolla en el mundo previo a la modernidad: sin luz eléctrica, sin vacunas, comunicaciones deficientes y costosas, con una relativa baja productividad del trabajo en general, etcétera.

Ahora bien, una vez que estamos instalados en tal época (en la que no sólo no se han descubierto aún las innovaciones de la técnica que hacen hoy nuestra vida más confortable, si no que fundamentalmente no se encuentran todavía desarrolladas las instituciones que promuevan o aseguren el intercambio) podemos ver que entre las distintas sociedades pre modernas también existían arreglos institucionales que hacían a unas más aventajadas respecto de las otras. Por ejemplo, una de las características  de dicho tipo de sociedades es que existe una disociación entre la toma de decisiones y quién recibirá las consecuencias directas de las mismas: un "paterfamilias" que autoriza el casamiento de un miembro de su familia, por ejemplo, o sistemas de derechos reales que mantienen la propiedad de la tierra dentro de determinado linaje, revirtiendo al cabo de algunas generaciones las transferencias que pudieron haberse operado. Tales arreglos institucionales eran relativamente ineficientes con respecto a las instituciones del derecho moderno, pero mitigaban una parte de sus desventajas mediante una serie de reglas no escritas -o instituciones informales en la terminología de D. North.

Siguiendo con los mismos ejemplos, el deber de auxilio familiar estaba siempre presente y se extendía a las familias "políticas" (por eso era necesario que previamente los esponsales contaran con el visto bueno del padre de la familia extendida), o también podemos hacer alusión el ya consabido principio de "noblesse obligue". Comprobadas tales relaciones entre valores e instituciones, por lo general emerge la disputa en torno a si los valores -o en nuestros términos las instituciones informales- que prevalecen en determinada época son un emergente de determinado sistema social, económico o político o si por el contrario, son las ideas las que determinaron tales diseños institucionales. En otras palabras, si es la Revolución Francesa una consecuencia de un previo movimiento de ideas, o si fueron los dispositivos institucionales agotados del Antiguo Régimen los que desencadenaron un cambio, que luego buscó en las ideas del Iluminismo su justificación.

Sin embargo, como consignamos en Necesidad y Subjetividad, somos partidarios de considerar que el mundo de las ideas y el mundo de las instituciones sociales son irreductibles el uno al otro. Determinados arreglos institucionales pueden aparecer acompañados por determinadas instituciones informales como pueden no estarlo. Un sistema jurídico en el que, por ejemplo, una persona esté obligada a prestar auxilio económico al hermano de su consuegro pero no pueda vetar con quién se casa su hijo puede ser enormemente ineficiente, pero no por ello puede dejar de ser posible. Viceversa, podríamos encontrar una sociedad en la que los padres tengan gravitación en la elección de los cónyuges de sus hijos, sin el menor deber de auxilio familiar en contrapartida. Sería insoportable, muy injusto, pero no imposible. Existen arreglos institucionales que generan una suerte de retroalimentación con determinado conjunto de valores vigentes en un momento dado y que por ello son más eficientes o más estables -sin que una cosa implique la otra- y otros que, por el contrario, generan una ineficiente asignación de recursos o son inestables -aunque no por ello improbables. Señalamos esto a propósito de la tentación de pensar que por disponer de un nuevo arreglo institucional, espontáneamente tendrían que emerger determinados valores, o que, por el apuntalamiento de determinados valores, el cambio institucional deseado se operará por sí solo. Por el contrario, la eficiencia o la estabilidad de un cambio institucional a implementarse dependerán del conjunto de valores y prácticas sociales dado en determinado momento y lugar y con tal deberá lidiar.


Por supuesto, existen determinados arreglos institucionales que tienen un mayor poder adaptativo que otros. Estas instituciones formales cuyo diseño las hace más aptas para funcionar con las instituciones informales dadas tienen una mayor estabilidad y generan una asignación de recursos más eficiente. Por ejemplo, arreglos institucionales que promuevan que las consecuencias, positivas o negativas, de una decisión recaigan sobre su autor. Tales arreglos institucionales permiten sacar mejor provecho de la información sobre oportunidades que dependen de especiales circunstancias dadas -como la provisión de determinado bien relativamente escaso y por lo tanto, relativamente caro, haciéndolo menos escaso- o promueven una conducta más diligente -ya que la consecuencias de conductas imprudentes o negligentes habrán de recaer sobre su agente. En términos normativos podemos citar a la propiedad privada individual y al régimen de responsabilidad civil basado en la culpa individual como ejemplos. Estos sistemas también sufren los embates de los cambios en las instituciones informales; pero, dadas las características reseñadas, tienen una mayor probabilidad de adaptarse a ellos y resultar estables y eficientes al mismo tiempo.

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